Return Of The Damned

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 Idealizar a alguien es para introvertidos

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Kuma Almasy
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MensajeTema: Idealizar a alguien es para introvertidos   Miér Sep 02, 2009 12:38 pm

Aqui os dejo otro de mis textos^^ espero que lo leaís y os guste. Y ante to comentar jeje

Un recuerdo comparto con todo aquel que algún día sostenga entre sus manos esta historia. Pero, conocido o desconocido amigo, ya te aviso que la realidad es otra que entretenerte con un relato. Este escrito solo existe ante el temor a olvidar un dulce recuerdo, como tantos otros que en su día dibujaron una sonrisa en mi cara y ahora ni siquiera existen en mi cabeza.
Ya hace algún tiempo, me disponía a poseer la noche. Como siempre, me esperaba un plan que ya era más que monótono. Misma gente, mismos bares, misma bebida. Pero cierto era que, por fin, alguien, después de demasiado tiempo, me impulsó a salir de casa con algo más que la típica máscara de chico feliz que ya se encontraba obsoleta para mi gusto, pero que, por otra parte, seguía manteniendo su encanto y magia. Esa noche, una sonrisa y el nerviosismo habitual de un adolescente expectante ante la llegada del primer beso, me acompañaban desde el ritual de tapar mis carnes, ante un espejo que a tiempo de hoy aún me mira con asco. Tardé poco en alejarme de la mirada de mi enemigo, mi cabeza ardía llena de ideas, imaginando las miles de situaciones que podría vivir esa noche, todo lo que podría aprender. Estaba preparando mis oídos para horas y horas de relatos, opiniones y vivencias que podrían dar color a mi propia existencia. Rogando a dios o demonio que me dejaran volver a ver ese espectáculo sensual y morboso que se convertía el simple hecho de verla bailar.
Como habréis intuido, este recuerdo es sobre una chica. Pero era algo más para mí, desde el día en que la conocí. Realmente, nuestra relación como amigos nunca fue de las más habituales. Apenas sabíamos el uno del otro y nuestras conversaciones no pasaban de los cinco minutos al encontrarnos por la calle. Pero, como en un recurrente sueño, se adueñaba de mis fantasías, de forma inconciente, absorbía mis cinco sentidos cada vez que nuestras miradas se encontraban. Ella era como los perfumes franceses, obviamente francesa y de pequeño tamaño. Aunque gabacha, no conserva el idioma y mucho menos el acento. Su cuerpo, envuelto siempre en prendas que parecían haberse escapado de mis sueños más tórridos sólo para vestirla, era uno de mis mayores vicios, con observarla aseguraba una horita de placer con mi diestra en la intimidad de mi cueva. Jamás tuve la ocasión de mantener una conversación con ella, como yo hubiera deseado. Mi cuerpo temblaba ante la posibilidad de que sus palabras fueran para mí durante toda la noche. Siempre me gusto su forma de ser. Como el primer humano, insignificante e inculto, puse a la pequeña ama de mis deseos en el pedestal más alto. Adorándola como cuna del conocimiento.
Todavía recuerdo el paseo en tranvía hasta la estación donde ella me esperaría. Como ignoré a mi pobre mp3, el cual paso inadvertido, aún estando a todo volumen. Mi mirada estaba perdida en el asiento de enfrente. Mis manos luchaban la una con la otra, en un intento por relajar mis nervios. Por suerte, tras un rato algo incómodo, llegué a la parada concertada.

Tras una espera que al menos no se hizo eterna gracias a la compañía de una antigua amiga con una copia exacta en otro punto de la ciudad, llegó. Su pelo de color rosáceo la delató entre la multitud de la gente. Como siempre, una gran sonrisa la acompañaba y su mirada curiosa observó la ropa que esa noche lucía por ella. La acompañé a su casa, el camino se llenó de conversaciones muchas incoherentes, pero muchas más sorprendentes. Fue extremadamente fácil perderme entre sus palabras, hasta el punto de encontrarme de repente en el salón de su casa, esperándola. Debía cambiarse Mientras, yo, aprovechaba realmente para escudriñar las fotografías de su casa, buscándola, intuyendo el linaje que se encontraba atrapado en el tiempo dentro de los marcos de aspecto viejo. Por fin pude analizar un nuevo modelito que me ayudaría a manchar las sábanas de mi cama. Recuerdo unas botas altas, medias, una faldita negra que daba mucha libertad a la imaginación y como era común en ella, capas y capas para protegerse del frío, faena en la que yo deseaba trabajar, pero no tenía el gusto.
Partimos a las viejas calles del Carmen, de nuevo absorto en su mirada y sus palabras. Mi diosa personal demostraba haber caído en varias ocasiones en perversas escenas del cine porno más violento pero, por lo contrario, también demostraba haber amado con locura a varias personas en su inmortal vida. Realmente, el hecho de que tuviera sentimientos como yo me resultaba raro, pensaba que estaba por encima de esas vulgaridades, pero no podía evitar que el conocer esa faceta de ella me sacara una sonrisa. En estos momentos no recuerdo bien cual fue la primera parada, Inmortal o Flama. Sí recuerdo ese instante, en la puerta de la Flama, ante amigos, enemigos y algún que otro buitre. Jugando con mi diosa, con su nariz y su mirada. A veces, el destino es difícil de entender, pues sus labios reclamaron los míos. Y yo, experto en humanos, analizador de conductas, ante todo, ligón insaciable que, noche tras noche, robaba el calor a alguna incauta, quedé paralizado ante tal situación, sin ni siquiera saber si podía tocarla, entre miedo y duda. Me sentía realmente atemorizado, creyendo que si abría los ojos despertaría en mi cama, lejos de ella de nuevo. Sus labios, suaves y carnosos, estaban sobre los míos, ¿a qué extraño juego jugaba ella?, ¿por qué a mí? Un escalofrío recorrió mi espalda mientras su mirada, la cual desprendía dulzura y lujuria a partes iguales se alejaba de mí, sin dejar de mirarme.
El mundo desapareció, me quedé solo en ese lugar. El silencio se abrió paso y yo me encontraba agachado en el suelo, temeroso, dudando de si eso era real o no. Pero, inconcientemente, una sonrisa, llena de ilusión, apareció en mi cara. Todos y cada uno de los presentes volvió a la sala. Sus miradas sobre mi cara de imbécil sonrojaron mis mejillas. Sonrisas de complicidad, sonrisas que notablemente eran tan falsas como las monedas de tres euros y alguna que otra mirada de envidia fue lo que encontré al regresar al mundo.
Pero, realmente, me daba igual. A mi lado, un señor que debía encorvarse para caber en la sala me ponía la mano sobre mi hombro. Hacía años que mi ego no me daba un toque de atención y mucho menos a tan gran escala. La inmortal, mi deseo, había alimentado mi ego con su aliento, haciendo que creciera de forma descomunal, como nunca antes
Desde ese momento, empezaba una caída libre a un mundo extraño, al mismísimo deseo desatado, a la lujuria, al morbo y sobretodo a la incredulidad de que de verdad eso estuviera pasando me a mí. Aunque parezca mentira, creía que ella sería la única a la que, ni con todo mi empeño, lograría robar un beso de sus labios. Pensaba que estaba fuera de mi alcance, que no era suficiente para ella. Y desde ese instante, en sus ojos, solo podía ver el deseo.
La noche pasó entre paseos por calles oscuras, calles muy conocidas para mí. Cada esquina parecía tener grabado un recuerdo, una anécdota, una lágrima e incluso una sonrisa que llevaba mi nombre. Visitamos algunos locales de la zona, que incluso yo desconocía. ¿La música? Era totalmente innecesaria. ¿El ambiente? Apenas lo recuerdo, para mí solo yo y ella estábamos en la sala. Llegamos a la madrugada, entre bailes, risas, miradas y algunos besos. Algunos robados, donde notaba como todo mi ser solo quería abandonarme para vivir eternamente en sus dulces labios y otros, más anunciados que nuestro propio cansancio.
Finalmente el momento de la partida llegó. Sin ningún temor acerque mi cuerpo al suyo. Mis labios a sus oídos, olisqueando levemente su perfume, perdido entre su pelo. Una duda me devoraba desde dentro.

-Dime, ¿Hoy dormirás conmigo?
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Kuma Almasy
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MensajeTema: Re: Idealizar a alguien es para introvertidos   Miér Sep 02, 2009 12:39 pm

Aunque nervioso y perdido, intenté que mi voz sonara lo más madura posible. Trate dé que no se notara mi miedo al no.
Sus labios sólo se abrieron para besarme de nuevo. Tocándome el pelo separo su rostro del mío y sin dejar de mirarme a los ojos asintió con la cabeza.
Realmente mi cara de idiota no despareció en ningún momento de la noche. Después de cada sonrisa, mi dama sabía exactamente qué hacer para sacarme otra. En tal estado de estupidez tampoco hacia falta mucho para conseguirlo.
Y así fue como partimos de uno de esos locales perdidos en las calles más oscuras. Dejamos el bullicio y el ruido atrás. Solos los tres. Solos ella, mi gran ego y yo. Fue una suerte tener casa propia. Pero era lo único que teníamos a nuestro favor, pues ambos nos encontrábamos drogados, cansados y calientes como dos perros en celo. Para colmo, mi mejor amigo nos dejó su cena depurada sobre mis mantas, sin las cuales era imposible dormir. Como solíamos decir entre los hogareños de la cueva ``casa antigua, frió que flipas´´ Pero daba igual, el deseo mandaba y era superior a ambos.
Así fue como nuestros cuerpos acabaron de rodillas sobre el colchón, uno enfrente al otro. Las miradas se cruzaban mientras intentábamos mantener la cordura. Pronto decidimos que nuestras ropas eran más que un impedimento y que para llegar al mejor bocado, debían desaparecer de la escena. Poseídos por alguna reacción orgánica que todavía hoy desconozco, lancé mis manos a su ropa mientras ella hacía lo propio con la mía. Logré despojarla de la parte superior de su ropa, solo dos broches me separaban del gozo de deleitarme al ver su torso desnudo. Su mandíbula actuó con una velocidad impresionante. Mientras sus brazos me rasgaban la piel de la espalda, sus dientes y su lengua buscaban entre mis carnes el camino a mi alma. Segundo a segundo, ella se apoderaba de mi cuerpo, de mi razón y de mí ser. Pero por mucho que fuera mi diosa, yo no podía dejarme llevar. Debía de actuar. Mi mano derecha, sin miedo por fin después de toda la noche, buscó su cabeza, ayudándola a alcanzar su deseado premio. Dejé que lo visualizase, que lo oliera, que lo deseará. Y como en el más cruel de los cuentos, le arranqué el dulce de los labios. Elevé sus labios por encima de mi frente. Su cuello era mi objetivo y mis colmillos clamaban su piel. Sollozos, dulces sollozos inundaron la habitación, los cuales fueron convirtiéndose en gemidos al tiempo que mi lengua bajaba por su cuerpo. Pronto su torso se encontraba totalmente desnudo ante mí. Su piel cálida y suave solo me dejaba delirar más y más. Sé que perdimos cualquier retazo de humanidad. Mi corazón latía enérgico, mis pulmones se llenaban de su aliento y mi cuerpo solo quería amanecer dentro del suyo. Mi nuevo objetivo, (mejor dos puntos) sus pantalones. Ahora no iba parar, ni yo quería ni ella aceptaría.
Sus pantalones tocaron el suelo despojados de su dueña. Jamás imaginé tal imagen. Ella, desnuda, despojada de toda prenda, abriendo las puertas del cielo para mí. Y en su mirada la lujuria en persona. Su cara, sus ojos, esa forma de tocarme con las yemas de los dedos y la forma de morderse el labio inferior. Es algo indescriptible, algo que en mi memoria guardaré escrito a fuego. Sus manos atrajeron mis labios junto a los suyos, compartimos un número incalculable de besos en una sola noche. Pero para ella mis labios no eran lo más preciado. Con una fuerza que no había demostrado antes, enroscó sus piernas a mi cintura. La lujuria parecía haber tomado posesión de su dulce cuerpo. Sus labios más ocultos buscaban algo que cubrir de besos, algo con lo que compartir su calor. Debo admitir que la idea me pareció deliciosa. No tardé en cogerla y darle la vuelta. Deseaba ver a la amazona que llevaba dentro, evidentemente, no tardó en satisfacerme. Con gran habilidad, se abrió para mí dejando sus pies sobre mis piernas. Y en ese mismo instante, el mundo desapareció. Entré dentro de ella, ella gimió de forma animal, aumentando mi sospecha de que realmente disfrutaba de lo que ocurría en esa habitación. Nuestros cuerpos danzaron. El tiempo, el cansancio e incluso el efecto de las drogas, desapareció. Sus gemidos junto a mis oídos y su aliento rozando mi nuca. Eso sí era una droga. En ocasiones la vi bailar, pero nunca la vi moverse con tal empeño, notaba su piel rozando la mía. Veía como elevaba los brazos en busca de su pelo y su cara. Sus senos danzaban al ritmo que ambos marcábamos, sus gemidos daban la nota musical al combate que libraban nuestros cuerpos. Entré y salí de su interior en repetidas veces, pero cada vez que me hundía en su ser era una experiencia única, inigualable. La posición empezó a cansarme y decidí cambiar, puse sus piernas de cuclillas y con mis brazos la atraje hacia mi pecho. Mientras yo gozaba de su interior, mi dulce dama saciaba sus dientes arrancándome de cuajo cada centímetro de piel de mi torso. En ese momento, cuando imaginé que no habría forma de mejorar la situación, mi diosa se elevó por encima de mí. Agarrándome ambas mejillas y sin apartar sus ojos de los míos pronunció las tres únicas palabras que pararon mi corazón:
-Qué bello eres
Poco pude hacer ante tal ataque. Abrazarla, sentir su sudor, el calor de su cuerpo sobre el mío. Arañar su espalda, arrancar toda carne que me impidiera arrancarle el corazón y la vida. Mi mandíbula titubeante arremetió sobre sus hombros y cuello, su sangre debía ser mía. No tenía derecho a decirme eso. No tenía derecho a encogerme el pecho. Si ella era capaz de arremeter así contra mi mente y mi cuerpo yo debía acabar con ella, no podía dejar que me dominase. Mi amor platónico se burlaba de mí. Pero, ¿por qué me hacía eso?
Ella lo sabía, sabía que tenia el control, que era suyo, que no podía luchar contra su ser. Cargó contra mi cuerpo, luchó con mi deseo y mi alma. Ganó un pulso en el cual yo ni siquiera poseía mano. Sus uñas rasgaron mi torso, sus dientes descosieron mi corazón, cual bestia del averno, introdujo su mano entre mis costillas extirpando de mi un músculo que hacía tiempo que ni siquiera usaba. Así fue como entre gemidos, calor, sudor, dolor y placer me rendí, dándole la batalla por vencida a mi dama.
Acabé sudado y exhausto, sin palabras, sin fuerzas, con el corazón latiendo fuertemente en mi pecho como no lo había hecho en años.
Tras tal acto de lucha, sus brazos cubrieron mi cuerpo desnudo, recostando su cabeza junto a la mía y posando sus ojos en los míos.
-No puedo más- me dijo mientras intentaba recobrar el aire.
-Tranquila, mañana por la mañana seguiré aquí- le contesté, aunque no muy seguro.

Dos posibilidades me atormentaban. La primera, que al cerrar los ojos y abrirlos después del amanecer ya no se encontrara a mi lado, que su ropa no estuviera en el suelo, que ni siquiera el hedor a vómito que nos acompañaba durante todo el combate estuviera en el ambiente. Y el segundo, el que hoy aún me roba el sueño. Que despareciera de nuevo, que no fuera más que un polvo o incluso un juego de un ser superior que yo sólo podía aceptar. Tenía miedo.
-¿Estás bien?- me preguntó con un tono de voz leve y ya más descansada.
-Sí, ¿y tú?- afirmé mientras mis ojos me delataban.
-Sí, muy bien.

Pocas palabras más me dijo, se resguardó del frió sobre mi cuerpo, dejando que la cubriera con mis brazos.
Pensé, en toda aquella parafernalia que creé a partir de la imagen de una chica. Una chica especial, frágil y dulce a la par que salvaje y morbosa. La elevé al pedestal más alto cuando en verdad debía protegerla con mis brazos. La pregunta era ¿merecería la pena haber perdido ese concepto de ella y haber comprobado que es tan humana como yo? O por lo contrario ¿perdería todo el encanto que en mí despertaba? Realmente la culpa es mía, la boca me pierde, si la quería como diosa debería cerrar esa gran bocaza que tengo. Pero si la deseaba como humana debía disfrutar de ella como hice durante toda la noche. La respuesta creo que es obvia. Disfrutar de una semi-diosa para mi solo. Que gran honor o mejor dicho, qué gran placer.
Así fue como, entre miedo, satisfacción y miles de pensamientos, caí en los brazos de Sandman. Esa noche mis sueños llevaban su nombre, como imagen. Su rostro. Incluso en sueños me deleitaba.
A la mañana siguiente desperté, entre un hedor a sexo y vómito que no agradaba demasiado, pero con el rostro enterrado en el pelo de mi dama. Respirando profundo. Oliendo su aloma, abrazándola fuerte contra mi cuerpo. Sonriendo con cara de imbécil de nuevo.
-Buenos días niño- me dijo su voz aterciopelada pero claramente afectada por la noche de diversión.
-Buenos días.

Me limite a sonreír, a apretarla más fuerte contra mi cuerpo. Seguía allí conmigo, no fue un sueño. Durante una noche fue mía.
La mañana dio mucho de sí, aunque cualquier momento con ella da mucho de si, pero eso, ya son otros recuerdos.

^^
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MensajeTema: Re: Idealizar a alguien es para introvertidos   Miér Sep 02, 2009 2:41 pm

Jo tio escribes de puta madre me encanta tu gramatica.

aunke creo ke encontre un fallito al principio explicas ke se pone una falda y medias, y mas adelante cuentas ke le kitas los pantalones, no se, revisalo.
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MensajeTema: Re: Idealizar a alguien es para introvertidos   Miér Sep 02, 2009 7:20 pm

Leido, vaya noche pasastes xDDD sin duda no la olvidarás. albino

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MensajeTema: Re: Idealizar a alguien es para introvertidos   Miér Sep 02, 2009 10:18 pm

Me ha encantado el texto , me ha encantado como describias noblemente los actos durante el sexo. En mi opinión , espectacular, me ha encantado la gramática y la composición que le has dado al texto.

Un 10 para tí , te los mereces de verdad.

Saludos ^^

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Kuma Almasy
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MensajeTema: Re: Idealizar a alguien es para introvertidos   Miér Sep 02, 2009 10:46 pm

uh que monos sois^^ me alegro que os gusten. Debería retomar lo de escrivir.. pero, me faltan animos. Por otra parte en el texto me salte una cosa qe paso con la falda de la chica... le vomitarón encima, por eso lo de los pantalones. Pero, muchisimas gracias por comunicarmelo pues ni yo mismo me acordaba de que paso con la falda XD
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